Con el miedo a la condenación eterna, es decir, al infierno, se han podido hacer buenos negocios en todos los tiempos, también actualmente.

El pecado mortal y la condenación eterna son una invención de las iglesias, especialmente una trampa magnética de la Iglesia católica, pues a través del miedo al fuego eterno de sus fieles, se han recogido literalmente buenos óbolos durante cientos de años.

Los perjudicados por ello eran por supuesto los fieles, ya que quien tomaba en serio la enseñanza de la iglesia en esa materia y disponía aún de una conciencia intacta, perdía la alegría de vivir. En un pasaje del libro “Delito Vaticano. Jesús acusa”, el autor Uli Weyland pone en boca de Jesús el siguiente párrafo: “Yo prediqué el Reino de Dios, la Iglesia ha predicado el infierno.

El Dios con el que amenaza está organización es el del Antiguo Testamento y no el de mi Buena Nueva. En lugar de amor y misericordia introduce temor en los corazones de las personas, viola el alma y el entendimiento.”

La trágica riqueza de las Iglesias está basada en sangre y miedo, sangre por las matanzas indiscriminadas en pos de la catolización, y miedo por el horror astutamente tejido por las iglesias con el que tener a las personas, de por vida, bajo su dominio.

Además con arrogarse el poder de perdonar los pecados y con ello de conducir al cielo, el poder es total. Hábilmente se tergiversó el que Pedro posee las llaves del cielo.

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