Quien durante su vida se ata a determinadas opiniones, ideas, dogmas, ritos y actividades religiosas, quien a través de ritos de iniciación como por ejemplo el bautizo se ató o se deja atar a una determinada religión, debería saber que esa atadura tiene su continuidad en los mundos del Más allá.

 

Donde querrá pensar, sentir y practicar otra vez lo mismo o algo parecido a lo que pensó, sintió e hizo como hombre en la Tierra.

Los mundos religiosos imaginativos del hombre lo conducen como alma otra vez a lo mismo, al grupo del que formó parte ya durante su vida terrenal puesto que la pertenencia a un grupo, las formas a menudo muy intensas de practicar la religión a través de oraciones establecidas, de ritos, de misas, de cultos religiosos, determinan el carácter del alma de quien vive ahora en el Más allá. Él tiende nuevamente a lo mismo, lo busca y es atraído energéticamente por agrupaciones y prácticas religiosas semejantes.

La agrupación religiosa forma en el Más allá un lugar en el que el alma puede seguir practicando todo lo que está grabado en ella en cuanto a ideas, ritos, dogmas, credos, cultos religiosos, oraciones y tradiciones implantadas. Se anhelan y forman otra vez jerarquías religiosas. A través de procesos iguales a los que se producen  en la Tierra, estos grupos religiosos siguen rindiendo homenaje a sus ideas, tal como ellos sintieron, pensaron y actuaron en la Tierra.

Los cultos religiosos, los dogmas, los ritos, las fórmulas establecidas de la oración, las ceremonias, los ropajes y los objetos del culto, todos estos aspectos relativos a la práctica de una religión que se han grabado plásticamente en el alma, despiertan una resonancia en el mundo de imágenes del alma que llega hasta al ámbito del Más allá, atrayéndola. El alma ve confirmado todo aquello en lo que creía en su existencia terrenal. Por eso es muy difícil para ella liberarse de todas estas imágenes anímicas fijas y reconocer la verdadera realidad de un mundo espiritual superior.

Lo que al alma le parece real, no es la realidad de la verdadera existencia. La ilusión continúa, así como fue para el hombre en traje terrenal. Por esto puede suceder que un alma, debido al sello que ella misma se creó como ser humano, busque una y otra vez lo mismo. Entonces incluso cuando seres de una consciencia superior tratan de explicárselo, de conducirle y orientarle a Dios, ella lo rechaza así como lo rechazó el hombre.

Si el alma se siente empujada a una nueva encarnación, entonces se encarna nuevamente en una agrupación que practica lo mismo o algo parecido a lo que ella registró, ese es el magnetismo que la atrae. El grupo religioso al que pertenecía antaño en la Tierra, lo busca ahora de nuevo. Entonces, desde la niñez el alma siente como ser humano gran interés por este grupo con sus cultos, ceremonias y ritos usuales y se deja otra vez embelesar. Se siente como en casa con las técnicas religiosas, con los actos y con todo lo demás que ya practicaba antiguamente.

Por ejemplo, es posible que un alma que se encarna nuevamente y que anteriormente fue sacerdote, se sienta impulsada a ser nuevamente sacerdote. Una y otra vez busca el alma el campo de acción de las encarnaciones anteriores, para poder actuar en su imagen engañosa que se creó ella misma. Lo que trae el alma, lo vive otra vez como ser humano. Lo que ha grabado en su interior,  le parece nuevamente como lo verdadero.

El Espíritu de Dios es el Espíritu libre. Las palabras de los verdaderos profetas de Dios son palabras de libertad, dieron y dan testimonio del Espíritu libre y no animaban a fundar religión alguna. Las religiones externas atan a los hombres a quimeras y opiniones, a jerarquías religiosas y privan al ser humano de su libertad. La Ley de Dios es libertad y nadie tendría que estar atado a una religión.

Ser discípulo de Cristo significa seguir a Jesús, cumpliendo paso a paso lo que Él nos enseñó. El Mandamiento principal de Jesús, del que Él mismo dijo que es el resumen de la Ley de Dios y de la palabra de los verdaderos profetas de Dios, es: “Ama a Dios, tu Padre sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”. Esa es la palabra de la unidad, es la palabra de la libertad. Él no dijo: “Ama como a ti mismo sólo a los que pertenecen a tu religión, apártate de todos los que piensan de otra manera y maldíceles”. Él dijo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, sin hacer diferencias, sin separaciones, sin la idea de que todos los que no pertenecen al propio grupo religioso se tendrán que quemar en el infierno eterno.

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