Cuando Adolfo leyó los dos escritos del sobre lacrado que acababa de entregarle el Notario, se quedó perplejo y muy decepcionado. Le afectó más  el  mensaje póstumo de su padre que  la enorme fortuna que acababa de recibir como único heredero. Hacía tres días que don Arturo Rivera había fallecido tras  una prolongada enfermedad.  Encerrado en el despacho paterno, el joven intentaba encajar sus pensamientos y  comenzó a repasar los pormenores de su  relación con Liberto, su mejor amigo.


              Lo había conocido en párvulos y desde entonces se sentaban juntos en clase por la proximidad alfabética de sus apellidos. Era un buen alumno : inteligente, trabajador, simpático y amable con los compañeros. Aunque su padre había muerto siendo él un bebé, estudiaba en su mismo colegio privado, pese a ser muy  costoso, porque le habían concedido una beca de beneficencia al ser su madre la cocinera del centro, con la condición de que sus calificaciones no bajaran de notable y, en realidad, no bajaban de sobresaliente.               
                            Recordó la única vez que Liberto entró en su casa. Fue a celebrar la Noche Buena de 1950, ambos cumplían diez años ese día. Al ponerse en práctica aquella vergonzante Campaña de Navidad que el Régimen promovía con el nombre de “Siente a un pobre a su mesa”, unos por caridad y otros por marcar aún más las diferencias sociales, cada niño rico invitaba a cenar en su casa a un niño pobre del colegio y él se llevó a su amigo. Su padre, después de cenar y dar gracias a Dios por los abundantes y suculentos manjares que habían recibido, preguntó a Liberto por sus padres. Cohibido ante tanta opulencia, contestó que él se llamaba Cosme Rivas y había muerto al acabar la guerra y ella, Aurora,  trabajaba de cocinera. De repente, su padre se puso blanco, dijo sentirse mal y se retiró al dormitorio. La fiesta se aguó. Al día siguiente, el padre lo llamó al despacho  y le recomendó muy serio que no  se tratara más con niños de baja  posición como el tal Liberto, no se le pegaría nada bueno, debía hacerlo con  los de igual o superior nivel. No obstante, ellos continuaron su  amitad a espaldas de don Arturo.
              También  recordó la primera vez que fue a casa de Liberto. Vivía en un barrio obrero. Algunas tardes iban a un descampado próximo a jugar al fútbol. En un partido, él chocó contra una alambrada y se abrió una brecha sangrante en la rodilla. Su amigo lo acercó a casa y la madre después  de curarlo, les dio pan con chocolate. Aurora salió y quedaron solos en casa jugando con una arquitectura.  Adolfo  observaba  una foto de un señor al volante de un coche antiguo, junto a la madre de su amigo, bastante joven y guapa, en el porche de un  chalé. Al pie, se podía leer: “Nuestra primera visita a ‘Bella Aurora’. Primavera de 1935”. Liberto le explicó que se trataba de sus padres y le aclaró que él era arquitecto. El coche y la casa eran de ellos, pero, con la muerte de su padre después de la guerra, lo perdieron todo. A continuación, lo invitó a entrar al dormitorio materno. De un cajón de la cómoda, envuelto en una gran toalla, sacó una especie de delantal bordado con un ojo y un triángulo, que a su vez contenía envueltos un compas y una escuadra en metal dorado. Lo volvió a guardar y le pidió que no lo comentara con nadie. Era un recuerdo secreto de su padre (como era arquitecto…) muy apreciado por su madre.    
              Adolfo volvió a leer con más detenimiento los dos escritos. El primero, a máquina,  con membrete del Subjefe Provincial del Movimiento y fecha 19 de julio de 1941, decía así: “Camarada Arturo Rivera: Me alegra comunicarte que ayer, con motivo de nuestra Fiesta Nacional, hablé de lo tuyo con el camarada Ministro-Secretario General y me aseguró tu nombramiento inmediato como Delegado Provincial de Abastos después de explicarle yo tu gran servicio a la causa al denunciar el paradero de Cosme Rivas, condenado a muerte por ser un destacado socialista y soberano maestro, grado 32 de la masonería. Al detenerlo se le encontró documentación con datos de los tres maquis más buscados que, gracias a ti, hemos podido capturar. El próximo día 30, salen  a subasta todos los bienes que  le ha confiscado el Tribunal de Responsabilidades Políticas y como solamente  tú lo sabes, serás el único que pujes. Como ves mi gestión ha sido muy rentable. Creo que sabrás corresponder con generosidad. Te saludo brazo en alto. Por Dios, España y su Revolución Nacional-Sindicalista. ¡Viva Franco! ¡Arriba España!”.
              Todo encajaba. Ahora entendía por qué a él le pusieron de nombre Adolfo y a su hermano menor, fallecido, José Antonio; así como, por otra parte, a su amigo le llamaban Liberto. 
              El otro documento iba escrito a mano por su padre. “Querido hijo: Próximo ya mi final, antes de rendir cuentas al Sumo Hacedor, quiero saldar las que tengo pendientes en la tierra y confesarte algo horrible que he ocultado. Yo denuncié al padre de Liberto  y testifiqué en su contra en el Consejo de Guerra que lo hizo fusilar. Por muy poco dinero obtuve en subasta sus propiedades confiscadas, entre ellas, esta casa. Yo fui el único que pujó, como podrás leer en el escrito del Subjefe del Movimiento que  te adjunto. Mamá murió sin saber nada de esto, no me hubiera permitido hacerlo, como tampoco se enteró la viuda, madre de Liberto. Quiero reparar parte del daño. En la caja fuerte encontrarás la documentación que acredita una cuenta de 4.000.000 pesetas a nombre de Liberto y de Aurora,  su madre, además de una asignación mensual de 50.000 Ptas. durante 15 años para que pueda  estudiar Arquitectura, como él hubiera querido, según me comentaste el día que en que le concedieron el Premio  Nacional de Bachillerato. Sé que tiene talento y tesón. Te ruego que les ayudes para compensar en lo posible el enorme  mal que les hice. Te autorizo a que les leas este escrito, si lo consideras oportuno. A ellos  y a ti, os pido de todo corazón que me perdonéis. Te quiero, hijo mío”.
              La segunda lectura consiguió sosegarle un poco el ánimo y dejarle un sabor agridulce.  Decidió cumplir cuanto antes la voluntad paterna  y se dirigió a  casa de Liberto. Él estaba estudiando en su habitación (hacía COU y de noche trabajaba en una gasolinera) mientras su madre preparaba la cena. Tras un saludo muy afectuoso, Aurora les sacó una cerveza y unas tapas. Adolfo, rompió el silencio diciendo que les iba a desvelar un secreto de su padre. Con voz trémula fue leyendo ambos escritos mientras unas lágrimas surcaban sus mejillas y hacían brotar otras de los cuatro ojos que le miraban con ternura. Recuperado el timbre de voz, el visiante les pidió algo que sorprendió gratamente a ambos: que se fueran a vivir con él a su casa, que antes fue de ellos; era demasiado grande y no quería vivir solo. Madre e hijo se miraron y en un acto instintivo se abrazaron los tres.
              La estrecha amistad de ambos jóvenes y la comprensiva postura materna, contribuyó  a que todo saliera según sus deseos. Aquella Noche Buena, desechando la mesa rectangular de caoba, Adolfo sentaba de nuevo en torno a su mesa, ahora ‘de camilla’, a un pobre, aunque  muy rico en amistad y, desde la donación, en esperanza de futuro, para cenar las exquisiteces que una excelente madre y cocinera elaboraba para los tres. Sin duda, perdices, por lo felices que se sentían juntos.

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