Si alguien supiera o estuviera seguro que después de la muerte encontraría otra vida mejor, poca gente poblaría este mundo cruel en el que vivimos. Tal certeza no anida ni en la razón ni en el espíritu de los hombres. ¡Pero, no! Es la necesidad, la locura, el desastre, la ignorancia de muchos de ellos lo que les conduce a ser víctimas de un suicidio al encuentro de la nada.

Tal vez, se inmolen inducidos por un poderoso elixir de lavado de cerebro que les haga creer en un paraíso dorado, les rindan honores y fama u otras causas; sin embargo, no me cabe duda, que el pensamiento del terrorista goza de la certeza que, con su heroicidad, abandona una miserable vida, indeseable para él y los suyos, en la confianza de que éstos gozarán de recursos que nunca tendrían sin su muerte.

¿Quién se resiste a dar parte de un siniestro que pueda reportarle alguna ganancia, aun engañando con ello, cuando la compañía aseguradora se jacta de cuantiosos beneficios que reparte entre sus directivos y accionistas? . Por la mente del Enano cruel ni siquiera pasó la posibilidad de dar un golpe de Estado. Esperó acontecimientos, sordo, mudo y ciego, aunque varios meses antes de que se produjera, cabezas pensantes ya lo estaban sopesando. Aprovecharon un vil asesinato político en unas circunstancias difíciles para justificarlo.

Y resultó decisivo con la ayuda del Altísimo. Una cruzada cruenta como no podría ser de otra manera (¿acaso conocen a algún representante seguidor de un Dios que no mate en su nombre o por su causa?)mientras, el Enano cruel se pensaba su decisión definitiva sin ni siquiera mover un dedo. Y dio en el clavo emparedando a todos sus enemigos hasta que, en paz, a ritmo del himno nacional y bajo palio, murió en su cama, agasajado de honores y fieles suicidas.

¿Quién no vulnera el pago social, privando de pensión al trabajador a su cargo, mientras reivindica el cambio del injusto Sistema que lo permite? Para él no quiere lo que practica y puede que muchos en ello estén de acuerdo, pero, de ninguna manera, cuando siendo político ha de dar ejemplo. Es más, debería mostrar rebeldía no pagándolo y haciéndolo saber a la gente, públicamente, hasta el extremo, si es preciso, de ir por ello a la cárcel. Ganaría estima, sería creíble y honrado defensor de una causa, mientras ahora yace en las profundidades vulgares de una estafa de escaso recorrido, pero estafa al fin de cuentas.

Tantos santos y vírgenes de nuestra religión católica, apostólica y romana, patrones, especialistas, protectores… a los que la gente se encomienda, son hermanos gemelos de infinidad de dioses y semidioses que nos narra la Ilíada o la Odisea. Magníficos cuentos de nuestro oriente que se multiplicaron y multiplican por todos los lares de nuestro mundo, galopando sobre los anchos lomos del miedo y la superstición de las almas nobles que callan en detrimento de los que, con ellos, hacen negocios. Cuentos bíblicos, sagrados, de epopeya, de otras épocas que nos condicionan sobremanera. “… Rechinaron las puertas del cielo, custodiadas por las Horas a quien está encomendado el elevado cielo y el Olímpo…” “Nada se crea o se destruye, si no se transforma.”

¿Quién no ha visto a gente indigente aguardando en cola un poco de comida? ¿No supone una tristeza contemplarlo? Esto es una de las tantas desigualdades que el sistema capitalista origina y que es fácil de erradicar proporcionando trabajo y conocimiento a quienes carecen de ellos. Pero el Estado mira hacía otra parte y abandona al desdichado o, bien, deja que la iniciativa privada se ocupe de tales menesteres: Ya las oficinas de Al Capone lo hacían.

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