El desplome de imperios, países, pueblos y grupos es originado por las abismales diferencias entre la codicia de los poderosos y la pobreza de los menesterosos que los componen.

Razón que podremos comprender a la hora de analizar la caída de civilizaciones y culturas o el estallido de las guerras y revoluciones o el proceso regresivo de comunidades y consorcios.

Actualmente, pese al transcurso del tiempo con modos y actores distintos, sucede lo mismo. Hoy, existen sistemas económicos más sofisticados, pero el fondo de la cuestión tanto no ha cambiado y el hombre continua moviéndose con los mismos instintos y similares necesidades para vivir (comida, educación, cobijo, salud, justicia, libertad) por lo que la desigualdad vital apuntada no es baladí; sin embargo, las oportunidades que se presentan no son ni parecidas para todos: ni en el tratamiento de la enfermedad, ni en la educación que se imparte, ni siquiera ante la ley somos iguales.

Hoy, más que nunca, a nadie se le escapa que, ignorando o modificando las leyes para ponerlas a su servicio, los abusos de la clase poderosa se suceden sin que por ello sean castigados y, con semejante comportamiento, llevan a la gente a situaciones de indignación, rebeldía, enfrentamiento o desesperación, y el mundo hierve en tales escenarios como una locomotora a punto de estallar y, a menudo, revienta en algún punto concreto.

Europa de disconformidades está llena y España no es una excepción. Europa debe encontrar el equilibrio social que le falta, consecuencia de su economía injusta e insolidaria. Injusta con sus ciudadanos no reduciendo las amplias distancias o desigualdad vital que los separan y comprobando como la clase dirigente (los políticos) lo permiten. Éstos, pese a que digan lo contrario, forman parte de los poderosos con sus innumerables privilegios y escasas responsabilidades. Insolidaria con los emigrantes, los perseguidos, los que huyen del hambre y la guerra, a los que no se les busca un sitio donde rehacer su vida. (Australia fue el exilio sin retorno que emplearon los ingleses para castigar a sus… vergüenzas).

Seguro que existe ese lugar posible donde con trabajo y esfuerzo de refugiados y emigrantes, con el mando y dinero de Europa y con las perspectivas de negocio en general, se resolverían la infinidad de problemas que plantean y preocupan. España ha conseguido el mayor grado de corrupción jamás conocido, así como las más altas tasas de paro, pobreza infantil y diferencia social. Por si fuera poco, el problema territorial de Cataluña se ha enquistado y todo ello, sin duda, consecuencia de un sistema desigual que nos domina: más avaricia, más pobreza.

Este es el punto clave, citado al principio: la desigualdad vital. Y España, con su famosa Transición e incipiente democracia dio comienzo a una divergencia paulatina, lenta y efectiva que debemos reformar. No es posible que los niños aprendan en las escuelas cosas distintas o las enseñanzas que se les imparten provoquen conductas extrañas u opuestas, inciten al odio o al desprecio de sus semejantes y no les motive a pensar o decidir. No es de recibo que la sanidad no esté unificada y cada español sea un emigrante fuera de su región.

Carece de sentido renunciar a la rentabilidad, no reducir gastos e incrementar ingresos en beneficio de todos, por no unificar, centralizar o compartir administraciones, compras, servicios, criterios o modelos: el tiempo transcurrido desde que las autonomías se impusieron habrá, me imagino, proporcionado elementos de juicio al respecto. La desigualdad vital (como la denomino) es materia tan esencial, que no se ha de relativizar procurando la igualdad y el encuentro en cualquier orden, a fin de evitar peligros sociales que a nadie, y menos al pueblo llano, interesa.

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