La abdicación de S. M. El Rey Juan Carlos I en la Jefatura del Estado y su sustitución por su hijo, el Príncipe de Asturias, Don Felipe de Borbón y Grecia, parece de manual político y posee un alto valor añadido, debido a que puede insertarse como una consecuencia del momento por el atraviesa España más que a una incidencia en la larga andadura de la Monarquía contemporánea.
Simplistamente, y con la sorna andaluza, se podría decir que el elefante se cobró la victoria después de muerto, pero ciertamente no se puede negar el impacto negativo que ello produjo en la opinión pública española haber conocido la cacería por el accidente. Pero la cacería de elefantes no parece haber sido determinante para formarse una opinión sino que podría formar parte de una aventura anecdótica como la que tienen en su haber muchos cazadores que lo hacen furtivamente en ocasiones siendo conscientes del riesgo que asumen.
Lo que, desde mi punto de vista, comenzó a rodar como una bola fue la odisea del consorte de la infanta Cristina, más impactante si cabe por la profunda crisis económica  que atravesamos, que es posible determinara la concienciación del españolito y la españolita de a pie sobre la honradez política. Este episodio es posible constituyese una conformación de un estado de cosas que consolidara la desafección social hacia la clase política.
Con la abdicación de S. M. Don Juan Carlos I se pone en valor, una vez más, la renovación política, que, como conoce el amable lector que distrae su tiempo en este espacio periodístico, yo soy de los que piensan que no consiste en quitar a uno de 70 para poner a otro de 40, sino que lo que se trata es de corregir los comportamientos.
En este caso concreto de la abdicación de El Rey, a su sucesor, Felipe VI, previsiblemente, o Felipe VIII, no se le van a admitir lo que al actual monarca, debido a que el nombramiento emanado de la voluntad de Franco fue solapado por pilotar la apertura y su papel durante el 23-F, por lo que un reinado sin más méritos que el de la descendencia debiera ser condimentado. Pero creo que fue el 23-F quien consolidó a Don Juan Carlos y le deparó un reinado estable, más que su papel en el advenimiento de la democracia que yo creo era obligado; en cualquier caso lo dejo al buen criterio de los historiadores que son doctos en la materia y con la perspectiva del tiempo acertarán para colocar el pilar o pilares que han sostenido a Don Juan Carlos I durante una etapa tan larga que, sin temor a ser desmentido, servirá para consolidar el reinado de Felipe VI.
Decía que Don Felipe reinará sin más mérito que el de haber sido el primogénito de Don Juan Carlos, y lo hace en un país que no se caracteriza exactamente por ser monárquico y en un momento de desafección social hacia la clase política, y también particularmente tendrá que administrar el caso de su cuñado. Por tanto, en mi opinión, Don Felipe tendrá que añadir algo más al mero hecho de ser heredero, y en el momento por el que traviesa España tiene un espacio amplio para granjearse apoyos adicionales.
Este apoyo adicional podría emanar del momento en que se ha producido la abdicación, al existir un considerable sector social que llega a pedir a sus gobernantes una refundación del sistema político y el primer acontecimiento sucede en el vértice, lo que podría interpretarse como que El Rey lo ha escuchado y es consciente del desapego de la ciudadanía con sus gobernantes. Sería, pues, la valoración más positiva que conllevaría la abdicación de Don Juan Carlos I, en cuyo caso se celebraría que tomaran buena nota nuestros gobernantes y cundiera el gesto.
Un gesto que disminuiría la sensación de que en política se hace necesario un mínimo cambio para que todo siga igual y supondría al mismo tiempo que se ha escuchado el mensaje emitido el 25-M, en el que solo han votado a los mayoritarios sus empleados, en tanto que los activistas desencantados han desviado su voto hacia formaciones políticas hasta ahora sin representación y otro sector social se ha quedado en casa en forma de protesta.

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